Lamberto HERNÁNDEZ MÉNDEZ/ URUAPAN, MICH./ SAB-12-MAY/   “El monstruo ardiente no da tregua, sigue enfurecido contra todo y contra todos”, señala David Zavala Alfaro en su libro Agonía y Éxtasis de un Pueblo, al referirse al volcán Parícutin que sepultó con su lava a San Juan de las Colchas y sus habitantes tuvieron que emigrar a lo que ahora es Nuevo San Juan Parangaricutiro, a donde llegaron un 12 de mayo de 1944. Hace 68 años.

 

Y agrega: “Un grupo de familias tratan de calmar los ánimos, las mentes ofuscadas de los agraviados por el volcán. El peligro aumenta; habrá que salir con el Señor de los Milagros; un solo corazón, una sola alma, unos mismos sentimientos, un mismo dolor, un mismo cáliz amargo los une a todos, y se pide: que pase, pero que no se haga la voluntad del volcán, sino la del Señor”.

 

Parece ya no haber lágrimas en los hombres, en las mujeres, en los inocentes niños; se  contempla al que no deja de vomitar allá a lo lejos, donde una nueva maravilla del mundo se dio a conocer desde el 20 de febrero de 1943, agrega.

“Parangaricutiro se resiste a salir; hay ofrecimientos de los poblados vecinos para hospedarlos, a donde se han ido ya algunos; la ex hacienda de Los Conejos, es el lugar escogido”.

 

La lava sigue su camino a 25 metros por hora; todo lo lleva consigo, todo lo funde, todo lo penetra, todo lo hace suyo… Entre el llanto del pueblo, confundido por los rugidos de la fiera rojiza, se pierde en el mar muerto de piedra calcinada.

 

Las autoridades ordenan que los habitantes de San Juan, deben salir del peligro inminente que ya está en la orilla del pueblo. Así, el 10 de mayo de 1944, toda la gente de San Juan Parangaricutiro, traspone los umbrales de sus puertas para iniciar una nueva vida, un nuevo pueblo, un nuevo amanecer incierto.

 

El dolor, la agonía, el llanto reprimido en los casi dos mil habitantes de San Juan Parangaricutiro , ya no se puede soportar, se desahoga; las lágrimas, los quejidos lastimeros en rostros purhépechas, cincelados con mármol de luna y bronceados con rayos del sol, salpican aquellos cuatro kilómetros que los separa de su primera jornada póstuma, Angahuan.

 

Se camina lentamente; a lo lejos va quedando como testimonio de lo acaecido, el majestuoso templo con sus tres naves estilo renacimiento; vigía de aquel cementerio negro, testigo del calvario largo de un pueblo.

 

Una última despedida, una última vista a aquellas tierras fecundas, medios de subsistencia por muchos años para sus padres y abuelos y que ahora han pasado a formar una sola vida con el volcán, con la lava que los ha abrazado.

 

San Juan de las Colchas, nombre dado al pueblo sepultado, en honor a las colchas artísticas que fabricaban con sus manos, ha muerto, y con su sangre derramada, como el grano de trigo muerto, dará fruto abundante.

 

Al día siguiente, 11 de mayo, luego de una misa en Angahuan, parte la caravana e inicia una prolongada jornada de 33 kilómetros hacia Uruapan a donde llegan al atardecer;  a su llegada son aclamados por miles de gargantas; un pelotón de soldados les hace guardia en su caminar.

 

Llega el esperado 12 de mayo de 1944, donde después de una misa en la parroquia de San Francisco, se reinicia la marcha hacia el destino anhelado, hacia el nuevo amanecer, hacia la tierra prometida, hacia la ex hacienda de Los Conejos, enclavada a diez kilómetros al poniente de la ciudad de Uruapan.

 

La marcha es lenta, pero finalmente llegan a un vallecito donde nace el agua y que por muchos años los abrigará; para unos es un suspiro de alivio, para la mayoría una desilusión al encontrarse con las manos vacías y un negro porvenir. San Juan de las Colchas empieza a resucitar el 12 de mayo de 1944.

 

Es mediodía. Todos reunidos, conteniendo el llanto que ya casi aflora a sus gargantas, pero nada; ya ni siquiera hay tiempo para llorar, para lamentaciones; hay mucho por hacer.

 

Roque Anguiano era el “mandón”, y les dice: “Compañeros, trabajaremos ayudándonos en todo, poco a poco traeremos de nuestro pueblo lo que  sirva; mientras unos se van al cerro a cortar madera, otros levantamos las chozas. La oscuridad los encuentra construyendo, duermen bajo la sombra de los árboles, ante la mirada de millones de estrellas.

 

Se trazan las calles, la plaza, el lugar destinado para el templo. El pueblo se levanta, resucita lentamente pero con pasos firmes, a costa de sudores, lágrimas, sacrificios, privaciones. Empresa de gigantes; con el esfuerzo de todos para convertirla de áspera, en hermoso y fecundo vergel.

 

Con motivo del 68 aniversario de su fundación, las autoridades municipales, religiosas, comunales y ejidales, han organizado para éste sábado, un simulacro de la llegada al lugar un día como hoy; además, eventos culturales, muestra gastronómica, exposición fotográfica sobre la historia del pueblo.