Lamberto HERNÁNDEZ MÉNDEZ/ URUAPAN, MICH./ LUN-29-NOV/   “…las jovencitas que iban por agua, volvían con los cántaros vacíos y con los ojos llenos de lágrimas. Ya todos pensaban en huir y dejar desierta la ciudad; pero Fray Juan de San Miguel velaba por su pueblo… Desde que supo la terrible noticia, multiplicó sus ayunos, aumento sus disciplinas y prolongó sus rezos… Una tarde congregó al atribulado pueblo de Uruapan, los exhortó a tener fe ciega en Dios, dador de todo bien, y los invitó para que al día siguiente llevasen en procesión al lugar donde estaba el río, la imagen de la Virgen Inmaculada… “. (José Zavala Paz).

 

En los balcones protegidos por torneados y grueso barrotes de madera rosa, verá asomar las cabecitas dulces de las más bellas mujeres de la región michoacana.

 

Para contemplar la encantadora visión de Uruapan, necesítase recordar con recogimiento el alma piadosa de Fray Juan de San Miguel, trazador y ordenador de la comarca y protector desinteresado, defensor decidido y recio de los indios tarascos, a los que convertidos en la fe cristiana, fue congregando pacientemente en lo que hoy es la ciudad de Uruapan.

 

Vistiendo su burdo sayal de jerga y apoyando su sugosa y cansada frente sobre el báculo de madera rústica y flotando al aire su lengua barba encanecida, va dejando las guellas de sus pies descalzos por las baldosas de sus callejuelas disparejas, calladas, silentes, mientras que en el ambiente de la noche quieta se diluye el murmullo de una oración que surge cadenciosa de sus labios enjutos y desteñidos por los años, ininteligible, doliente, dulcemente doliente, que acaricia y oprime el alma, señala Reynaldo Pérez Gallardo, en su leyenda.

 

Es el mismo Fray Juan de San Miguel que, cuando la fe de los nativos sometidos a su doctrina comenzaban a flaquear, impedido por el recuerdo de sus dioses arcaicos, a los que habían abandonado en busca de un refugio espiritual que suponían seguro al amparo de su nueva fe; cuando comenzaban a dudar de su poder divino, arma formidable de aquellas tribus, organizó en procesión a todas las jóvenes indígenas de la naciente población, hacia las montañas por donde el sol se asoma todas las mañanas, para dar al mundo un nuevo día.

 

Con la cruz en lo alto y entonando los más dolientes cánticos religiosos, iban a inquirir la causa de la mengua del caudal de agua que naciendo en esa tierra, servía para alimentar la ciudad.

 

Días anteriores habían regresado las jóvenes indias con sus cántaros vacíos, informando al santo varón que en el Salto de Camela ya no cantaban como en otros días, murmurantes y rumorosas, las linfas purísimas, y que sus aguas se habían secado, y que las flores estaban inclinadas hacia el suelo, heridas por el dolor, y que los pájaros habían enmudecido y que los ramajes de los árboles milenarios ya no murmuraban al ser mecidos por el paso de la brisa.

 

Por eso Fray Juan de San Miguel condujo a su pueblo, representado en sus más bellas mujeres, a pedir al cielo que no negara a aquellas bellas criaturas el don sublime de las aguas cristalinas del Cupatitzio, que les daba vida.

 

Y caminando con paso lento, muy lento, y apoyado siempre sobre su recio báculo de madera rústica y arrastrando su raído sayal, fue trepando, de roca en roca, por la empinada ladera del cerro de Camela, al doliente monótono compás de los cánticos sagrados que elevan hacia el firmamento con unción; y cuando el capuz enlutado de la noche invadió el azul del infinito, se encendieron teas y hachones improvisados, luminarias y hogueras con maderas resinosas que perfumaban el ambiente, a la vera de su lento caminar, y a las rogatorias se aunaron el colectivo y torturador ayuno por todo el día y la penosa marcha con pies desnudos sobre las cortantes aristas de las rocas y las aguas espinas; y cuando los luceros del alba anunciaron el nuevo día, estaban ya frente al manantial, mismo por donde en otros días, brotaba el agua magnífica que les daba vida y fe en el porvenir, y que ahora, como si llorase de angustia, apenas dejaba resbalar algunas gotas del líquido elemento, que absorbía la reseca arena a poca distancia.

 

Allí fue donde Fray Juan de San Miguel detuvo el paso, cansado y doliente de la caravana que formaban la fe, la abnegación y el cariño, y en coro armonioso y doliente elevaron sus preces hacia el cielo que, cual si los escuchara, se iba iluminando paulatinamente con las primeras luces del nuevo amanecer.

 

Y cuando la claridad disipó las tinieblas, y las estrellas desleían sus cabecitas de plata en el piélago azul del firmamento, se dejó escuchar enorme estruendo que se multiplicó al ir retumbando por bosques y montañas, cual si los cerros se desgajaran, y de la boca negra de una cueva que abre sus fauces a pocos pasos del manantial y que, como si estuviera en acecho, se oculta tras el rugoso tronco de una vieja ziranda, surgió la repugnante figura de Satanás, corporizado en la figura humana de un hombre descomunal que arrastraba tras de sí enorme cola terminada en lanza, y blandiendo su tridente de fuego, y batiendo sus alas gelatinosas de murciélago, mostró altanero su testa alargada, en la que se dibujaban oblicuamente sus ojos como carbunclos, coronada por dos enormes cuernos caprinos que lanzaban destellos de fuego cuando los movía.

 

El alarido que surgió de su descomunal boca, al mismo tiempo que lanzaba al espacio tremendas bocanadas de humo pestilente a azufre en ignición fue de tal manera potente que todos los presentes prorrumpieron en un grito de espanto, y cegados por las fulgurantes fosforescencias que despedía de todo su cuerpo el hombre del mal, se cubrieron los ojos con las manos para no seguir viendo tan terrorífica aparición.

 

Sólo Fray Juan de San Miguel, erguido, austero, como cabe a un caballero de la Orden de la Cruz, dominador de las más aguerridas tribus del nuevo mundo, desafió al enemigo de la humanidad, y al mismo tiempo que con voz potente y recia lanzaba una exorción tremenda, sacudía sobre su repugnante figura, con el hisopo, las aguas límpidas del manantial, cuyas había divinizado con el sacramento de su bendición, y entonces Judas abatido por la fe de Fray Juan de San Miguel, se declaró vencido y sumiso, agachó la cerviz e hincó la rodilla en la tierra al tiempo que sus lamentaciones terribles se multiplicaban en la hondanada que forma las colinas montañosas, y el sacerdote supo aprovechar esos momentos propicios, para descargar su furia sobre las espaldas manchadas por su eterna rebeldía, los golpes de su nudoso báculo, que arrancaba aves de dolor al endemoniado.

 

Cuando las primeras luces del sol naciente de un nuevo día iluminaron el panorama y las frondas húmedas por el rocío de la noche embalsamaron el ambiente, todas las indias jóvenes que por centenares formaban la romería, fueron testigos oculares, de cómo Satanás arrastrado por su derrota, se deslizaba por las rocas hacia arriba, huyendo de vergüenza, huyendo latía sus repugnantes alas de murciélago hacia la región de las tinieblas, mientras tras de sí quedaba el manantial prístino y brillante, que barbotea perlas de plata que se irisan a la luz del sol y que da vida a las población, realizando el milagro de renovar la fe de los comarcanos en la santidad de Fray Juan de San Miguel… “.

 

Amigo turista y curioso, y tú, descreído visitante, puedes comprobar con tus propios ojos que en la roca, en la pelada y fría roca en que hincó su rodilla el Diablo al ser vencido por la fe, está marcada en bajo relieve la forma perfecta de una gigantesca rodilla humana y, metros hacia la derecha, siempre en dirección en donde el sol sale, las cinco hendiduras, como zanjas, abiertas por las garras de la mano del hombre del mal, que en su ansia de huir, derrotado por la fe de los creyentes, trataba de asirse de cualquier parte.

 

Una poesía a la Rodilla del Diablo de Juventino Herrera dice:

 

 

Cuentan que Satanás; en su prurito

de hacer mal a Fray Juan, el dulce

hermano,

con burlesco reír y airada mano,

secó de pronto el manantial bendito.

 

Y creyendo en sus iras de precito

Que dominaba todo al franciscano

reta, como la furia del océano

desafía al azul del infinito.

 

… ¡Oh, milagro del santo misionero

Blandiendo su cayado de romero,

De un golpe a los que son sitial de ninfas,

musgosos y vetustos peñascales…

¡y de nuevo brotaron los raudales

En tumulto de espumas y de linfas!