INFOMANIA/ URUAPAN, MICH./ MAR-14-SEP/ Con un contingente reducido, la Asociación de Charros de Uruapan, festejó su día con un llamativo desfile por el primer cuadro de la ciudad.

 

Las generaciones nuevas desconocen, por lo general, nuestros antecedentes siendo necesario que los que nacimos y nos desarrollamos bajo esos conceptos nos veamos obligados a darlos a conocer, para que la Charrería tradición, la Charrería costumbre, la Charrería deporte; conserve sus formas más puras y no sea vista únicamente a través de los fríos números, del resultado de una competencia.

 

Un pueblo sin tradiciones es un pueblo sin historia y los charros, representantes auténticos de nuestra amada República Mexicana son símbolo de nuestra raza caracterizada por su abnegación, estoicismo y amor a nuestras cosas autóctonas y parte de nuestra cultura.

 

Por las veredas del charro en el largo y penoso camino que tuvo que recorrer la Charrería, desde sus albores hasta llegar a ocupar el lugar tan privilegiado que, ya como deporte hoy tiene, es menester recordar algunos de los factores que le dieron origen, como fue la llegada de la caballada: primero usada bélicamente en la conquista y luego, la que serviría de pie de cría.

 

Posteriormente, el arribo del ganado mayor y su enorme proliferación hizo necesario el concurso de indios, negros y mestizos para atenderlo, realizando las faenas vaquerizas traídas por los europeos. Estas no fueron otras, más que las propias de la escuela árabe de «la jineta», las cuales fueron variando debido a las limitaciones iniciales que tuvieron nuestros antepasados charros para «vaquerear y obrar con el lazo», adaptándolas a las condiciones bajo las que vivían.

 

Una vez establecidas las haciendas, las faenas comenzaron a tomar la forma de ejecución actual, tan característica del Charro Mexicano; establecimientos que vivieron también la mezcla de costumbres, religión, aspectos sociales, etc.; y la participación de nuestro personaje en la vida de lo que iba a ser nuestra gran Nación, sobre todo en el campo. Esta parte del pueblo fue la que desde las primeras décadas de nuestra vida colonial inició y sostuvo la idea emancipadora de España.

 

Tatarabuelo del Charro Mexicano, fue el arriero, incansable y honorable peregrino; valeroso, sencillo, generoso y bonachón; tenaz luchador por lograr un medio de vida mejor; más que nadie sabía que la tierra era de ellos. Vinieron posteriormente los «Payos», los «Chinacos» y los «Charros». Los Charros, genuinos hombres de a caballo, eran quienes tenían bajo su vigilancia la conducción del correo; el tráfico de mercancías; a los viajantes; el transporte de conductas con el dinero nacional; la cosecha de la evocadora Nao, los que custodiaban a las literas.

 

Charros eran los que después del trabajo serio de las fincas ganaderas de los herraderos, se comenzaron a divertir en los rodeos de haciendas y pueblos por cualquier pretexto: el santo de los dueños y dueñas; la celebración de los santos patronos, la llegada a una etapa importante de la vida, etc. Todo se convertía en grandes y bulliciosos jolgorios. Empezaron los jaripeos y coleaderos, y junto con ellos, el deseo de ser los mejores, luciendo muchos de nuestros preclaros hombres de la historia como los Bravo, los Galeana, Pedro Moreno, Vicente Guerrero, Valerio Trujano.

 

Maximiliano de Habsburgo influyó notablemente en el cambio de nuestra vestimenta, y después de su fracasado imperio, la Charrería inicia un viraje para tomar las formas actuales. Surgen los aristócratas que practican la Charrería en sitios y fechas preestablecidas; las haciendas resurgen e incrementan su actividad.

 

Con Ponciano Díaz, José Barrera y Vicente Oropeza, las faenas vaquerizas se hacen espectáculo de paga, además de que, en la ciudad de México se forman grupos que las practican periódicamente en varios lienzos, agrupándose para controlar su actividad, en lo que se llamó la «Sociedad de los Hombres Libres».

 

Esta abarcaba también poblaciones cercanas a la entidad a las que llamaron «misiones», adonde iban a exhibirse o a competir con los charros locales, actividad que se ve interrumpida cuando los charros rancheros se convierten en los brazos ejecutores de nuestra revolución social de 1910, sólo para después resurgir con gran ímpetu. De esta manera, el Charro se convierte en un personaje de leyenda. Por sus hazañas inspira la más dulce literatura. Están allí los testimonios de Payno, Rivera Cambas, Inclán, García Cubas, Domingo Revilla