FERNANDO S. RAZO/ URUAPAN, MICH./ MIE-18-AGO/ ¿Cuántos mexicanos queremos en verdad ser vanguardistas sacrificando nuestra cultura, nuestras costumbres?

 

Las Leyes de Reforma limitaron el poder del clero con el argumento y la intención de impedir la evidente posibilidad del manejo de consciencias. Pero el manejo de consciencias no desapareció, se mantuvo con el resentimiento de aquellos, a la vez que se desarrollaron maneras alternativas de manipulación.

 

El sojuzgamiento del poder gubernamental encauzó en esos tiempos rumbos de amenaza a la propia vida de los clericales y no clericales, misma  que no pocas veces se consumó, entre otros acontecimientos, como en los hechos de la Guerra Cristera.

 

Y los derrotados asumieron la lección con humildad obligada, aparente, y con el resentimiento que muere con la personas, pero que se hereda a la descendencia.

 

El dominio del poder gubernamental nos avasalló en México con la “Dictadura Perfecta VargasLlosiana”,  misma que tropezó a finales del siglo veinte ante las armas del voto popular y la no menos meritoria labor de quienes jugaron el importante papel de propiciarlo. Igualmente quedó un aprendizaje, pero con las estructuras creadas por el propio sistema que lo trascendieron, tal vez para viablemente resucitarlo.

 

El sindicalismo, el corporativismo y el clientelismo del siglo XX se mantienen vigentes arropados en la fuerza del sufragio duro, del voto seguro. V. Gr.: El SNEST.

 

Además, surgen a la vida política otros grupos sociales que son garantía del voto. Lo son a diferencia de la inmensa mayoría que apacible y resignadamente no ejerce ese derecho ciudadano. El clientelismo se ha diversificado y los grupos llamados vulnerables o a modo se han convertido en el manjar de los políticos de estos tiempos.

 

Esto explica de alguna manera que veamos ahora con cierta extrañeza a la jerarquía religiosa emergiendo del letargo al que fue sometida. Por eso vemos con cierta naturalidad que hasta con nuevas leyes se apoyen grupos que aseguran el voto  para quienes se ostentan como sus benefactores.

 

En particular, con la permisividad de la adopción a parejas homosexuales no se aporta gran cosa a la cultura que orgullosamente nos identifica, pero se garantiza un volumen de votos seguros en la elección de turno.

 

Pero los mexicanos que creemos en la pareja de hombre y mujer como el soporte por excelencia para la formación de individuos sin aberraciones antinaturales, también estamos despertando. Y no somos pocos.

 

La Ley y la fuerza de la costumbre limitan las expresiones de tendencia clerical, pero eso no significa que no seamos muchos los que nos identificamos con el sentir de que se esta dañando la esencia de la formación de nuestras futuras generaciones.

 

El músculo de los que no estamos de acuerdo con esas formas de gobernar lo tenemos que fortalecer ¡AHORA! para elegir, con el poder de nuestro sufragio, a gobernantes que no lastimen nuestra idiosincrasia. Convoquemos a limitar el voto a quienes vulneran nuestra índole y ejerzámoslo en pro de quienes nos la salvaguarden.

 

Por cierto ¿Por qué los vanguardistas no luchan por leyes que incluyan en igualdad de condiciones a ministros religiosos?

 

Tienen sus gustos, su propias creencias que ejercitan, pero son mexicanos. ¿No sería similarmente sano que se les restituyan jurídicamente sus derechos de ciudadanos?

 

En estos tiempos ¿Cuál es la diferencia de increpar en el púlpito o al amparo de una tribuna no clerical?

 

Ing. Fernando S. Razo