Indígena que estuvo 10 años presa, por un crimen que no cometió.

 

Al llegar a  su casa en Cocucho, sus familiares ya no la reconocían.

 

Lamberto HERNÁNDEZ MÉNDEZ/ URUAPAN, MICH./ DOM-13-JUN/  Permanecer más de diez años tras las rejas, es prácticamente media vida, máxime si se está de manera injusta, acusada de un crimen no cometido; una mujer de la Meseta Purhépecha que no hablaba el español, fue sentenciada a purgar una condena de 19 años y 3 meses de prisión, quien recientemente obtuvo su libertad, luego de haber solicitado el beneficio de pre liberación.

 

Tras haber obtenido su libertad, hablamos con la señora Ma. Guadalupe Ascencio Pasalle, de 45 años de edad, quien tiene su domicilio en la calle Independencia, sin número, en la comunidad indígena de Cocucho, perteneciente al municipio de Charapan.

 

Sentados en una banca en el exterior del Cereso “Eduardo Ruiz”, doña Lupe accedió de buena gana a la entrevista, mostraba otro rostro, de alegría, de libertad, de ganas de vivir la vida, de recuperar el tiempo preso; dialogamos mientras esperaba la llegada de su pequeño hijo Jesús, de su esposo Zacarías y de una hermana, que la acompañaron para afinar algunos detalles pendientes en el penal.

 

Con su pelo negro y lacio que le caía hacia la espalda, doña Lupe se frotaba nerviosamente las manos mientras platicábamos. “Serían como las 17:30 horas cuando una de las celadoras me dijo: “Ya te vas a ir”, arregla tus cosas mientras preparan la boleta de libertad; me temblaron las piernas y las manos, al tiempo que le contestaba ¿Qué qué?. Enmudecí, sentí que el corazón me latía a toda prisa y se me iba a salir”.

 

Fui al dormitorio, nerviosa, no atinaba por dónde empezar, las pocas pertenencias, principalmente ropa, la empecé a doblar y las costuras de punto de cruz, las coloqué en una bolsa de plástico que me regaló una de mis compañeras. Solamente dejé una pequeña grabadora que me había regalado una mujer indígena de nombre Ma. Luisa Alonso, de la comunidad de San Lorenzo.

La custodia me entregó la boleta de libertad, caminé rápidamente hacia la puerta de salida, había que sortear algunas aduanas como la revisión médica y el departamento jurídico; ya estaba oscureciendo cuando finalmente traspasé la última puerta, iba acompañada de uno de los custodios de vigilancia, quien me ayudó a tomar un taxi, subí mi equipaje, una bolsa de plástico y le dije: “me lleva por favor a Cocucho” y emprendí el camino, ya no volví la mirada hacia atrás.

 

El trayecto y el tiempo se hacían largos, ya habían caído las primeras sobras de la noche cuando llegué a la casa, la casa de mi suegra, donde viven mi esposo Zacarías Remigio Elías  y mis cuatro hijos, Francisco, Miguel, Isauro y J. Jesús, de 22, 17, 15 y 12 años, respectivamente, los dos primeros trabajan como jornaleros y los dos más chicos, estudian en la telesecundaria del pueblo.

 

El taxista me cobró 25 pesos, le dije me esperara para conseguir el dinero, toqué a la puerta, salió mi suegra Ma. de Jesús Elías Elías, quien ya es grande y me preguntó: ¿Tú quién eres?, y le dije: “soy Lupe”.

         

Pásate, me dijo; le pregunté por su hijo, Zacarías y me respondió que aún no llegaba de trabajar, que había estado en un “colado” a pocas cuadras del lugar; llamó entonces a mi hijo el más pequeño, J. Jesús, quien al salir me dio un fuerte abrazo, tal vez con lágrimas en sus ojos, emprendió veloz carrera, como si quisiera volar, a avisarle a su padre sobre mi regreso y claro, para pedirle los 250 pesos para el pago del taxi.

 

Rápido llegó con mis otros hijos, todos contentos entramos a la casa, definitivamente no me esperaban; fueron a visitarme mi hermana Antonia Ascencio, mis cuñadas y otros familiares, me preguntaban cómo le había hecho para salir libre y simplemente les dije: “Diosito me abrió las puertas”.

 

Muchos pariente me dijeron que no habían podido ir a visitarme al Cereso porque son muy pobres, no tienen dinero; alegres departimos y hasta nos tomamos un cartón de cerveza para festejar esa noche.

 

El amanecer del día siguiente, no fue igual a los anteriores, el sol brillaba más intensamente, los pajarillos cantaban más fuerte, los ruidos y sonidos de un pueblo ya casi se me habían olvidado, hasta las campanas de la iglesia repicaban alegres; el aire se respiraba más fresco y llenaban mis pulmones, al contrario de allá adentro (Cereso).

 

Esa mañana, vi feliz a mis hijos y di gracias a Dios por estar libre y con los míos, voy a empezar de nuevo, dedicarle más tiempo a mis cuatro hijos y esposo, a quienes Dios me los cuidó durante todo este tiempo, diez años, tres meses y diez días, que estuve presa por un crimen que no cometí.

 

El hombre por rebajado que se encuentre, exige instintivamente que se respete su dignidad de hombre; cada detenido sabe bien que está preso, que es un réprobo y aprecia la distancia que lo separa de sus superiores, pero ni estigma ni cadena le harán olvidar que es un hombre; precisa pues, tratarlo humanamente”. FEDOR DOFTOIEVSKI.