Lamberto HERNÁNDEZ MÉNDEZ/ URUAPAN, MICH./ VIE-19-MZO/ Desde nuestros antepasados, la Meseta Purhépecha se ha visto convulsionada por una serie de circunstancias, desde la época de la conquista de los españoles y aún hasta nuestros días,  ha sido marginada y posiblemente dejada al olvido por los actuales gobiernos, han padecido de una serie de problemas entre los que están la disputa por la posesión de la tierra, la tala clandestina y saqueo de los bosques y recientemente, el del abigeato. Delitos que tal vez tengan que ver por la falta de empleos, escuelas y oportunidades ya no para vivir, sino para sobrevivir.

 

El pasado fin de semana, un habitante de la población de Cherán denunció el robo de 40 cabezas de ganado de un potrero y según las huellas de hato ganadero, apuntaban hacia el rumbo de Cocucho, una pequeña comunidad indígena enclavada donde convergen los municipios de Paracho, Cherán y Charapan, famosa por el robo de ganado.

 

Distante apenas unos 20 kilómetros de la capital mundial de la guitarra, Paracho, por una carretera recientemente reparada y que cruza comunidades como Ahuiran y Nurío, así como también Cocucho, donde se elaboran las llamadas cocuchas , una artesanía que aún se conserva desde hace unos 500 años, aunque la tierra hay que traerla del rumbo de San José de Gracia, allá por Ocumicho, donde fabrican los diablitos de barro, según nos contó Tata Vicente Pasaye, quien tiene su pequeño taller desde que se casó, hace más de medio siglo, en 1955.

 

El dueño del ganado, solicitó la intervención de la Procuraduría General de Justicia del Estado ya que según él, había divisado sus cuadrúpedos en una parcela allá por el “ojo de agua”, al norte del cerro de Cocucho y requería que lo acompañaran para rescatarlo ya que los cuatreros podrían estar armados y evitar se registrase un enfrentamiento.

 

Se implementó entonces un operativo en el que participaron un centenar de representantes de la ley, entre policías ministeriales al mando del jefe Terrazas y el apoyo de la Policía Estatal Preventiva y un pelotón de guachos, más conocidos como militares, todos, a bordo de once camionetas pick up. Mi pareja y yo, a bordo de un vochito.

 

Al mediodía partiríamos de la comandancia de la Policía Ministerial de Paracho, en convoy, por una cosa u otra, partimos hasta las 15:00 horas; quince minutos después el convoy iba cruzando un solitario poblado de Nurío, distante 12 kilómetros de Paracho. Pueblo prácticamente fantasmal, pocos habitantes se observaron en la calle, posiblemente por ser la hora de la comida; en una esquina, algunos albañiles que laboraban en la construcción de una casa y que momentáneamente dejaron de realizar sus actividades ante el asombro del paso de policías y soldados.

 

Siete kilómetros adelante, arribó el convoy al poblado de Cocucho, también se observó solitarias las calles, algunos en sus casas, otras en labores del campo, en sus talleres fabricando cocuchas o muchos, de emigrados o mojados. A su paso frente el templo de San Bartolomé, un pequeño mercadito de apenas unos cinco puestos cuyos propietarios murmuraban como en secreto y en el idioma purhépecha, de qué se trataba.

 

Finalmente las once camionetas con los representantes de la ley y el vochito de prensa, detuvo su marcha en la salida a Ocumicho, frente a la escuela primaria del lugar. Ahí arribó el representante de Bienes Comunales y con el dueño del ganado, el jefe Terrazas los reunió a todos, les explicó de lo que se trataba y que había que caminar más de dos horas rumbo al cerro. ¡llévese el chaleco antibalas el que quiera, sino, déjenlo, la subida está pelada!, les dijo.

 

Poco a poco empezó la caminata, hacia el norte, allá donde se observa el cerro de Cocucho, como siguiendo una vereda que no existe, la fila de los hombres de negro, llevando consigo sobre la espalda, sus rifles AR-15 y alrededor de la cintura, su respectiva fornitura compuesta de un juego de esposas, cargadores, la pistola escuadra y cartuchos; algunos sí llevaban sus chalecos, por aquello de que no te entumas.

 

El sol pegaba a plomo en la espalda, era un día despejado, el cielo azul se apreciaba en todo  su esplendor, la caminata cada rato y a cada paso se hacía más pesada,, había que librar obstáculos como cerca de piedra, de alambre de púas y falsetes, pero aún más, al cruzar una milpa, la tierra suelta, recién arada, estaba suelta y los piés se sumía poco más arriba de los tobillos, se dificultaba el andar.

 

Finalmente y luego de casi una hora, avistamos una vereda, por ahí seguimos la caminata, tratando de buscar una sombra de los árboles, pero aquí también el bosque ha sido víctima de los talamontes, ya no hay pinos, la vegetación consta de encinos, tocuz y cedro, el bosque es ralo; al acabarse la vegetación, consecuentemente se extingue la fauna. Eran pocos, muy pocos los pajarillos que se escuchaban cantar, pero ya no con alegría y gusto, más bien un canto lastimero y desolador, tan desolador como el mismo panorama.

 

La fila de hombres de negro ya no era consistente como al principio, unos más adelante, otros mucho muy retrasados y otros más, de plano sentados sobre alguna loma y roca y claro, bajo una sombra, respirando agitadamente y cayéndoles el sudor desde las sienes y levantando de vez en cuando la vista hacia el horizonte o el infinito, como calculando la distancia y el tiempo que falta para bordear el cerro y llegar al otro lado, donde está el ojo de agua, ahí, donde tienen el ganado encerrado en un potrero.

 

El sol cala en la espalda como braza que te quema, pero hay que seguir, el cansancio, la tierra y el sudor, se mezclan en uno solo. Algunos platican cosas vanas y otros se preguntan qué pecado cometieron para recibir este castigo. Creo que mi pareja balbucea algo a que es mejor estudiar y no tener que andar en estos mitotes, al tiempo que lenta, muy lentamente avanza el convoy o lo que inicialmente era una fila.

 

Han pasado dos horas, son las 17:30 horas aproximadamente, a lo lejos se divisa el hato ganadero, reses de diversos colores y tamaños que mugen para beber agua, se rodea la zona, se le pide al dueño del ganado robado que identifique las vacas y toros de su propiedad. Hace una mueca y mueve la cabeza en señal de negativa, ¡no, no es ninguna, pero en la mañana los vi aquí, desde lejos, posiblemente los movieron a otro lugar! Asentó.

         

¡Oh gran decepción!. El largo camino se convirtió en nada, el operativo fallido contra los cuatreros no resultó. No había nada. Bebimos unos sorbos de aquella fría y refrescante  agua recién nacida en el ojo de agua mientras decenas de bovinos nos miraban con asombro y tal vez con lástima como diciendo, pobrecitos, tanta caminada para nada. Lo bueno es que solamente mugían y no hablaban.

 

El regreso creo que fue más fácil, era de bajada y empezaba a refrescar la tarde; en el trayecto nos encontramos a muchos de los policías que descansaban plácidamente a lo largo del camino; tomamos otra vereda y el comentario era el mismo, todo para nada, un día entero en este operativo y no hay reses recuperadas , ni cuatreros detenidos, es más, ni siquiera hubo acción. Pero a pesar de todo, creo que haré una crónica de esto. Vale la pena.